sábado, 2 de abril de 2016

A las duras y a las maduras

Ayer corrimos sin dorsal. Foto de Luis Peralta
Nos ha pasado alguna vez. Yo listo para salir a correr y mi hijo llegando a casa después de una noche de fiesta. No es muy habitual, pero puede darse ese cruce de horarios entre un joven veinteañero y un viejuno madrugador como yo. A favor de Iñigo diré que siempre que se ha dado esa circunstancia llegaba en condiciones más que dignas y de un humor excelente, igual que ayer.

Eran las 5:10 y yo me aprestaba para hacer un rodaje mañanero antes de ir a currar. Para mi sorpresa, se ofreció a acompañarme y no le di oportunidad de arrepentirse. Le di diez minutos –que terminaron siendo quince- para visitar a Roca, cambiarse, y meter algo al cuerpo distinto de lo que hubiera estado tomando hasta entonces. No necesariamente en ese orden. Se hizo un zumo de naranja, se lo tomó, y no entraré en más detalles.  A las 5:26 arrancábamos en el Paseo de La Concha.

En Santo Tomás, con su hermana
Después de un primer kilómetro en 5:37 (a mí me cuesta arrancar y supongo que a Iñigo le llevaría un tiempo cambiar el chip), fuimos mejorando y aumentando el ritmo, que a partir del cuarto kilómetro ya era por debajo de 5:00/km. Tuvimos suerte y apenas nos mojamos, terminando en poco menos de 51 minutos un rodaje muy placentero de 10,2 kms.

Tras los estiramientos de rigor, coincidimos en el desayuno con mi mujer; y lo que alguna otra vez hubiera sido motivo de caras largas, terminó en risas contenidas, con Iñigo en la cama, bien limpito, por fuera (menuda peste traía) y por dentro; y con sus padres yendo a trabajar, como cualquier día normal.

Bueno, yo un poco más contento, porque confirmé que mi hijo sabe estar a las duras y a las maduras… y porque no es lo mismo rodar solo que bien acompañado.

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