Esa relación nunca ha sido fluida, ni siquiera en 1991, cuando marqué mi mejor tiempo, después de haber sido derribado, pisado y magullado en la salida. Intenté mejorar esa marca en 1992 y 1993, pero la climatología no ayudó y, además, acusé los maratones que tenía en las piernas (2h:41':59" y 2h:40':45"), en esa época en la que el maratón de Donostia se celebraba en octubre.
Fallé por primera vez en 1994. Corrí el maratón de New York y pensé que no era buena idea salir en la B-SS una semana después.
Desde 1995, me dediqué a hacer de liebre de compañeros y amigos con distintos objetivos. Recuerdo especialmente la experiencia de 1997, con Andoni Arrazola y el subidón que le dio al ver que había llegado a la meta en 1h:15':54".
Durante 3 años: 1999, 2000 y 2001, acompañé a mi mujer y disfruté de verdad con su esfuerzo, su progresión, su ilusión y su motivación.

Volví en 2007, otra vez como liebre de un compañero que quería bajar de 1h:25', saliendo con dorsal blanco y remontando desde la salida hasta la meta. Fue una gozada.
En 2008 debutaba mi hijo Iñigo, del que fui liebre hasta que, en 2010, ya no le pude seguir. Y desde entonces corro para seguir sumando B-SS, y marcándome objetivos cada vez más discretos. Para mañana, bajar de 1h:30'.
¡Ojalá! la climatología nos sea propicia, o al menos neutral; y el público -lo mejor de la carrera- siga haciéndonos ese pasillo por el que pasamos como si fuera una serpenteante alfombra roja, sobre la que sentimos deslizarnos hasta el Boulevard.
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