Soy consciente de que no me voy a ganar muchos amigos ni muchas adhesiones con lo que sigue: siempre he apreciado a Rubalcaba. Gran parlamentario y eficaz gestor en todos los variados ministerios y cargos que le ha tocado desempeñar en 21 años de vida política, le ha sobrado responsabilidad, tal vez mal entendida, y le ha faltado madera de líder. Le ha faltado ¡qué ironía! química para buscar la complicidad de los militantes del partido, Y mucho más importante, le ha faltado química para atraer votantes. Yo nunca le he votado.
La política es el arte de lo posible y algo totalmente alejado de la bondad absoluta. Son luces y sombras, muchas veces superpuestas, con las que es imposible dar gusto a todos los espectadores que asistimos a la función. Seguro que Rubalcaba tiene puntos oscuros. ¿Y quién no?. Florentino y escurridizo, ha salido ileso de las cornadas que ha recibido de uno y otro lado durante más de dos décadas. Y eso, para un velocista, tiene mucho mérito.
Sin embargo, permitidme que, una vez más, peque de ingenuidad y crea de ver-dad que va a volver a dar clases de química orgánica y que lo va a hacer con el estilo didáctico y con la magnífica dicción que siempre le han caracterizado.
Yo no le veo como un animal político, tipo Fraga, Aznar, Felipe González, Otegi o Arzallus. Por eso, tal vez ahora, out of the box, piense como espectador en la capacidad de transformación de la política que, como la química, necesita un catalizador que ni él ni ningún político de su generación ha sido capaz de ser.
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