
A mi modo de ver, la destitución de Lopetegi tras su fichaje por el Real Madrid es una pésima decisión del presidente de la Real Federación Española de Fútbol y un claro ejemplo de abuso de poder, que no de una pretendida autoridad. La autoridad es algo que nos dan los demás y, a la luz de los acontecimientos, es evidente que Rubiales carecía de esa autoridad ante Florentino y ante Lopetegi.
‘Nos hemos visto obligados…’ dice en su discurso –otra expresión de debilidad- cuando es evidente que Rubiales no tenía ninguna obligación de hacer lo que hizo, apelando a unos valores que nadie sabe cuáles son. He consultado la web de la RFEF y no he encontrado ninguna referencia a sus valores. Me hubiera sorprendido mucho dar con ella, hablando de un deporte, el fútbol, en el que el fair play es visto con desdén y en el que se toleran y hasta se estimulan comportamientos en las antípodas de cualquier valor positivo. Y si esos valores no están explicitados, difícilmente le pueden acusar a Lopetegi de deslealtad a los mismos.

Puede ser más o menos elegante y estoy seguro de que se podía haber hecho mejor. Lo que nadie puede negar es que es perfectamente lícito lo que han hecho Lopetegi y el Real Madrid. Por lo que cuentan, el contrato de Lopetegi con la RFEF tiene una cláusula indemnizatoria para el caso de que el entrenador quiera resolverlo: dos millones de euros.

Entiendo la ‘tristeza’ de Lopetegi. Se le pasará y pasará a la historia de la RFEF como el único seleccionador que no perdió ni un solo partido.
Gana Lopetegi porque lo más probable es que su estancia en Rusia hubiera sido un infierno, aunque le acompañaran los resultados, algo que ya he dicho más arriba que dudo. Gana Lopetegi porque se libra de un jefe tóxico, que ya asoma la patita de lo que es capaz de hacer.
Y gana el Real Madrid, que cuenta desde ya, sin esperar un mes, con el entrenador que había elegido. Que haya acertado con esa elección sólo el tiempo lo dirá. De momento, gracias a la rabieta de Rubiales, se ha ahorrado dos millones de euros.
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