Nos explicaron algunos trucos para comunicar, captar la atención del lector y persuadirle, motivarle, comprometerle. Y nos hicieron ver el poder de la palabra y de la correcta construcción y
utilización de las frases también –y muy especialmente- en el ámbito empresarial.
Evidenciaron la importancia de saber con claridad
qué, a quién y para qué queremos comunicar. También de cómo,
cuándo y dónde lo hacemos, de manera que esa comunicación impulse a la
acción. Nos pusieron múltiples ejemplos y proyectaron uno muy negativo de la candidata del PP a la alcaldía de Madrid en su etapa de presidenta de la Comunidad.
Hablaron de la concisión, la claridad y el orden, que no están reñidos con recursos como
‘empezar con un puñetazo en el estómago’ (Hemingway). No citaron este ejemplo, pero ¿cómo no quedar atrapado desde la primera línea por
100 años de soledad?: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota…’

También nos demostraron lo que podemos conseguir a través de las preguntas retoricas y los diálogos, que inventaron
Sócrates y Platón y pusieron en práctica autores tan célebres como
Conan Doyle o Agatha Christie; y personajes tan siniestros, además de extraordinarios comunicadores, como
Hitler.
Y aunque los americanos presuman de la invención del
storytelling, nos recordaron al creador de las parábolas y mejor comunicador jamás conocido:
Jesús de Nazaret.
Y me quedo para el final con una frase que seguro que suscribiría
Jesucristo y que dijo Carmen Posadas para cerrar la charla: ‘La mejor manera de comunicar es no mentir.’
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