jueves, 29 de agosto de 2019

Dos buenas amigas

Su cambio de imagen tenía mucho que ver con la dieta y con la práctica de una actividad física sistemática. El orden en las comidas y la ingesta de frutas y verduras habían sustituido al caos que era su alimentación, con largos ayunos, que alternaba con atracones de grasas, dulces y proteínas. El crossfit había sustituido aquello de subir al monte, que era el deporte jatorra por excelencia de aquellos que huían de machacarse, fuera corriendo, nadando, andando en bici… o practicando cualquiera de los deportes más o menos olímpicos.

De ser una jovencita algo entrada en carnes, había pasado a tener una imagen mucho más estilizada, fibrosa y austera. Se le afiló la nariz, descubrió sus pómulos, desaparecieron los mofletes y perdió hasta tres tallas de pantalón.

Antes del crossfit había probado con la natación –se aburría- el running –se lesionaba- y con la bici, que ya sólo utilizaba para desplazarse por la cuidad cuando no iba andando.

La primera vez que apareció por el box de Ibaeta, fue un domingo por la mañana y venían casi de gau pasa después una bertso afaria en la que se cruzaron algunas apuestas alcohólicas. Sin saber muy bien ni cómo ni por qué, se vio levantando unas pesas, caminando sobre otras, saltado a la comba, subiendo y bajando escaleras, dando saltos, remando en el ergómetro, empujando neumáticos… Se lo pasó bomba y descubrió una coordinación muy superior a muchos de sus compañeros de farra. Aquel mismo domingo, por la tarde, después de levantarse de la siesta con una tremenda resaca, buscó la web del CrossFit Donostia, apuntó su teléfono y el lunes llamó para concertar una cita. Se presentó allí y le atendió un chico de Astigarraga muy aficionado al bertsolarismo, que la reconoció de inmediato, le enseñó las instalaciones, le explicó la filosofía de ese deporte y le acompañó en la práctica de algunos ejercicios. Era un chaval joven, guapo, simpático y muy fuerte, que le convenció para empezar… y que alimentó algunos sueños húmedos y prácticas onanistas.

Hacía dos años de aquello y se había convertido en una asidua al box, donde coincidía frecuentemente con Aiora Lasa. Habían estudiado juntas en el Lizeo Santo Tomás y fueron buenas amigas hasta que la querencia de Maider por el bertsolarismo la introdujo en unos ambientas ajenos a los de la mayoría de las chicas de su edad. Siguieron manteniendo contacto, felicitándose por sus cumpleaños o quedando en alguna cena de la cuadrilla, cada vez más alejadas y con intereses muy diferentes. Aiora siempre fue muy buena deportista, pero orilló esa práctica, muy centrada en su carrera de medicina, limitándose al running más o menos ocasional.

Para las dos fue una sorpresa coincidir en su pasión por el crossfit. Fue Aoira quien le dio las primeras indicaciones dietéticas y era con ella con la que se picaba en el box. ¡Cómo disfrutaban las dos con aquellos piques! Las dos solían ir en bici y muchas veces, tras acabar el wod (work of day), tomaban un café, un zumo o un batido para recuperar fuerzas.

Aquel 6 de agosto Maider se hubiera quedado de buena gana, pero Aoira tenía prisa por ir a comer a casa de sus padres. Una pena, porque le hubiera gustado desahogarse con ella.

Fueron juntas en bici hasta el Antiguo, donde se quedó Aiora, mientras ella seguía hasta Sagues, intentando dejar la mente en blanco. Seguía preocupada por la entrevista con la rusa.


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