domingo, 31 de mayo de 2020

Reencuentros

La convocatoria al Cajapino´s Club, realizada por Iulen Ibáñez, era a las 8:00 en Bataplán. Con la baja de última hora de Hoki Guerrero, que se encontró en su agenda con un compromiso anterior para nadar, hemos sido tres quienes hemos arrancado, con 19º a la sombra, en dirección al Aquarium, donde hemos girado para llegar hasta Igara, dar la vuelta en la rotonda de Correos y volver al punto de partida: 13,32 km en 1:06:44, a 5:01/km, mejorando los rodajes de viernes y sábado con mi hijo... y yendo una vez más con el gancho. Menos mal que Iñaki Peña y Iulen Ibáñez me han dado conversación. 

Como se ha apresurado a escribir en el chat quien le da su nombre, Unai Azpiazu, dirigiéndose a Iulen: 'Si el juntaletras (yo) conseguía seguir el ¿ritmo?, lo que me extraña es que 'calcetines' (Iulen) no haya sacado la rebequita. P'a haberse 'quedau' como un témpano a esa velocidad.' Y es que Iulen ha comparecido con sus inevitables calcetines largos, sudadera y buff, del que ha tardado unos kilómetros en desprenderse.

Hemos hablado (ellos más que yo, que bastante tenía con respirar), hemos echado unas risas (yo, además, el higadillo) y ha sido una gozada, más aún, un privilegio, disfrutar de tan grata compañía.

Como ha sido maravillo cruzarnos -y pido perdón por los que me pueda olvidar- con buenos amigos de este mundillo del atletismo y del running, como Mikel Rodríguez, Unai Señoran y Andoni Saldías, luciendo la camiseta de tiras del Tolosa, Sergio Román y JuanLu Gómez, un montón de Donostiarrak, liderados por Iñaki Gerica, Juanjo Aseginolaza, uno de los que hace que la carrera de Idiazabal de enero sea de las mejores de Gipuzkoa, Oscar Ayude, a quien he confundido con otro, mi colega Mikel Aizpurua...

Iñigo, que hoy, aburrido de tirar de su padre, ha ido a correr con Eñaut Lasarte, me cuenta que, además de los anteriormente citados, se ha encontrado también con los lasartearras Raúl Gómez Margallo y Gorka Gil, inseparables, y con Álvaro Calderón, también miembro del Cajapino´s Club, poco dado a los madrugones.

Hemos echado de menos a Romain Purro, a quien veo mucho andando, pero no corriendo, Norman Cuenca, Emi Cajete o Nere Arregi, que han hecho los deberes en Urnieta, Zumarraga y Arrasate; y también a Beronika Noya, que si no hubiera tenido guardia, seguro que viene desde Markina. A ver si coincidimos en la próxima quedada.

En fin, que hoy se podía haber organizado una popular de muchos quilates en Donostia. 

Se me está ocurriendo montar una quedada un domingo de éstos y dar salidas escalonadas. 

sábado, 30 de mayo de 2020

Dos mañanas con el gancho

Como contraprestación a la dos noches que ha cenado y dormido en casa, para satisfacción de su madre y su padre, Iñigo ha madrugado viernes y sábado para acompañarme en el rodaje matutino de cada día, ese que nos permitieron hacer desde el 2 de mayo. Han sido mis dos mejores rodajes desde entonces, además de los más largos. Ayer salieron 16,19 kms en 1:22:40, a 5:06/km. Hoy han sido 15,59 kms en 1:18:58, a 5:04/km.

Mientras él iba suelto, sin esfuerzo, retenido y me atrevería a apostar que sin sudar apenas, a pesar del calor (19º ayer y 18º hoy), yo he ido con el gancho. Se aprecia bien en las dos fotografías que nos sacó ayer Romain Purro, que nos vio por Ibaeta-Igara y a las 7:47 me las estaba mandando. En ese punto llevaríamos casi 12 kms. Me quedaban más de cuatro de tortura, placentera tortura, detrás de mi hijo.

Toda circunstancia, por desagradable, incómoda o molesta que pueda ser, como el confinamiento que hemos padecido, o las franjas horarias que tenemos para hacer deporte, tiene su parte positiva y, sobre todo, su aprendizaje. En los 49 días que hemos estado encerrados en nuestras casas hemos explorado alternativas al deporte en la calle o en una instalación deportiva. Cuando nos dejaron salir a correr a las 6:00 de la mañana, algunos ya disfrutábamos antes de ese placer, pero otros, como Iñigo, lo han descubierto.

Hace un año, cuando todavía estaba en casa con nosotros, hubiera sido imposible levantarle a las 6:30 para salir a correr a las 6:40. Hubiera tenido que ir solo.

Ahora ya sé que, cuando quiera dormir en casa, cuento con él para correr al día siguiente y disfrutar de su compañía, aunque eso signifique que me tenga que llevar con el gancho. Esa sí que es una liebre de lujo.

viernes, 29 de mayo de 2020

Disparate o desvarío

El estado de alarma decretado por el Gobierno de España el pasado 14 de marzo, ha facultado a políticos de todo signo para tomar decisiones, en algunos casos urgentes y necesarias y, en otros casos arbitrarias y disparatadas.


Uno de esos casos, del que apenas se han hecho eco los medios, ha sido el del Hospital Temporal del Vallés, ubicado en la pista cubierta de atletismo de Sabadell, con capacidad para 210 camas, que nunca fue utilizado.

 

Inspirándose en sus colegas de la Comunidad de Madrid –quién lo diría- y tratando de emular el hospital de campaña que montaron en Ifema, la alcaldesa de Sabadell, de manera unilateral, decidió desmontar la pista de atletismo, por las bravas, sin contar con los técnicos que hicieron la instalación, una instalación moderna y modélica, inaugurada en 2010, financiada por la Diputación de Barcelona, la Generalitat de Catalunya, el Consejo Superior de Deportes y el Ayuntamiento de Sabadell, sede de múltiples Campeonatos del máximo nivel estatal y autonómico.

 

Cuando digo por las bravas me refiero a la utilización de herramientas y medios agresivos, como radiales, que arrasan con un material tan delicado como el de una pista cubierta de atletismo, con sus curvas, sus peraltes y la superficie técnica.

 

Dicen que semejante obra, para la que, según la prensa, fueron necesarios diez días, tuvo un coste de 175.000 €, sufragados por el Ayuntamiento de Sabadell.

 

Casi dos meses después, nos encontramos con una instalación vacía, que nunca se usó y con un espacio yermo, donde antes estaba una de las mejores pistas cubiertas de atletismo de España.


La ocurrencia les ha costado a los contribuyentes 175.000 €, de momento. Digo de momento porque las estimaciones realizadas por técnicos de la Federación Catalana de Atletismo apuntan a que restituir la instalación al uso para el que fe concebida: una pista cubierta de atletismo, puede tener un coste en el entorno del millón de euros; ya que el material retirado y guardado en un almacén ha sufrido tal deterioro que resulta del todo punto imposible que gran parte de ese material pueda volver a ser utilizado.

 

Así termina una carta dirigida a la alcaldesa de Sabadell, escrita por el vicepresidente de la Federación Catalana de Atletismo, que he traducido libremente del catalán: ‘… La próxima vez, alcaldesa, no sea tan impetuosa. En esto de correr y posiblemente en la política, no siempre el que comienza más deprisa gana; y mucho menos si lo hace corriendo por encima de sus posibilidades.’


jueves, 28 de mayo de 2020

Marisol Ramos líder mundial

La WMA (World Masters Athletics) acaba de publicar los rankings mundiales en las diferentes categorías, masculinas y femeninas. Una atleta gipuzkoana, la oñatiarra Marisol Ramos, lidera las tablas de 1.500 y 3.000 metros en pista cubierta de las mayores de 60 años.

Marisol cumple hoy 61 años y creo que es una buena oportunidad para que en este blog volvamos a hablar de atletismo.

En 1.500 metros lidera el ranking con 5:30.55, marca conseguida el pasado 18 de enero. Esa marca tiene un valor del 95,88%. Le sigue una atleta americana con 5:36.29. Séptima en ese ranking tenemos a otra atleta gipuzkoana, Esther Estefanía, con 5:59.32 (92,23%)

En 3.000 metros encabeza la lista con 11:39.86, conseguidos el pasado 27 de diciembre. Esa marca tiene un valor del 96,30%. Le sigue una atleta irlandesa con 11:39.86. Y volvemos a ver a Esther, 12ª con 12:49.35 (91,61%).

No es la primera vez que hablamos de Marisol, una atleta humilde y modesta, con una enorme calidad personal y atlética, que huye de los titulares y los focos. Espero que no de enfade conmigo y deseo de verdad que podamos seguir hablando de ella en el futuro. 

Zorionak!!! por partida triple.

miércoles, 27 de mayo de 2020

Parásito

Tenían en común lo poco que les gustaba el trabajo. Él lo asumió cuando ya le empezaban a salir las canas. Para entonces, disfrutaba de una situación acomodada en el sindicato, que le liberaba de currar y le mantenía entretenido en las disputas con los demás sindicatos y con la empresa que tan generosamente le pagaba desde hacía tanto tiempo por hacer tan poco.



Lejos quedaban aquellos años de manifestaciones, movidas en la calle y carreras con la policía, que no le dejaron más secuelas que algún porrazo, un susto con los gases lacrimógenos y un encierro de tres días en la iglesia de San Vicente, desde cuyo púlpito estuvo arengando al medio centenar de pardillos que le acompañaban y que, por alguna razón que cuarenta años después no acertaba a adivinar, hasta le aplaudían y le jaleaban mientras él se venía arriba.

Fue entonces, ya entrado en la cuarentena, cuando empezó la costumbre de potear en horas de trabajo. A la pausa del café de media mañana le seguía la salida anticipada del curro para tomar unos vinos por los bares de la zona, haciendo labor sindical, y la vuelta a fichar, antes de volver a casa. Se apañaba bien en la cocina, pero muchos días iba directo a la siesta, sin comer, para bajar a media tarde a la sociedad, donde se preparabaun suculenta afari-merienda, compartida o no con otros tipos como él.

Divorciado y sin apenas relación con su ex-mujer y su hija, vivía solo en un estudio céntrico que compró a precio de ganga antes de que se disparara el mercado inmobiliario. También en eso tuvo suerte. Tenía una relación discontinua con una compañera de trabajo, también divorciada, aderezada por el sexo y salpimentada por los frecuentes y explosivos cambios de humor de la pareja, que hacían aconsejable la separación física.

 

Los dos estaban ya jubilados y el estado de alarma les pilló en esa situación, cada uno en su casa. Su pareja, además, se tuvo que hacer cargo de su hijo, lo que terminó de liquidar una eventual convivencia.


Con los bares y las sociedades cerradas desde el 14 de marzo por el estado de alarma, se encontró con que no podía potear con su cuadrilla de sindicalistas de toda la vida, todos ellos felizmente jubilados. Se acabaron las discusiones de fútbol, las apuestas y las broncas, que los demás eludían cuando se le agriaba el carácter. Empezó a levantarse tarde, tras lo que bajaba a la calle a comprar el periódico que antes leía gratis en el bar. 

Más allá de los panfletos sindicales, nunca le tiró la lectura; y tampoco era de ver la televisión, aparte de los partidos de fútbol y de pelota, desaparecidos de la programación. Con la ayuda de un informático jubilado, al que hizo venir a su casa, contrató dos canales de pago: Netflix y HBO. Empezó a ver series, pero no terminaron de engancharle. Aparte de las escenas de sexo de Juego de Tronos, no entendía cómo esa historia podría enganchar a la gente. Y tampoco compartía la devoción de sus compañeros de rondas por The Wire, que le parecía sosa, lenta y con demasiados negros, entre los que era fácil confundirse. 

 

Fue de los primeros en usar la mascarilla y aquel 1 de abril se encontró con su foto, en la portada de El Diario Vasco, haciendo cola en la calle, esperando entrar al supermercado. 


martes, 26 de mayo de 2020

Eternamente correcto

Le he reconocido de lejos. Iba yo hacia Ondarreta, por el Paseo de La Concha, y el venía de frente, acompañado por su mujer, en su habitual paseo diario. Serían las 10:30, aproximadamente. Como mandan los cánones y las normas, los dos llevaban puesta la preceptiva mascarilla, tan pulcra y discreta como el resto de su aspecto. Él vestía un pantalón oscuro y una camisa clara. Los dos con gafas de sol.

Es poco probable que nadie reparara especialmente en ellos, salvo por la estatura de nuestro protagonista, un tipo alto, pero no demasiado; atractivo, aunque un punto sombrío; cuidadoso sin apabullar; y más desenvuelto que elegante.

La espléndida mañana de mayo, en Fase 2, me inclina a pensar que su destino sería alguna terraza, en la que tomar un café mientras hojean la prensa del día, tras lo cual retornarían a la paz y la armonía de su hogar, con la misma discreción y cautela.

'Políticamente correcto' podría haber sido el título de este post, pero no hubiera sido justo con el, un tipo que hizo de la corrección su norte, desarrollando una brillante carrera profesional, en la que el orden, la lealtad, la austeridad y el rigor, estuvieron por encima de la obediencia ciega y la subordinación acrítica. Supo ser fiel a la empresa y mantener el compromiso con sus objetivos, sin poner zancadillas, sin traicionar a nadie y sin utilizar maliciosamente a las muchas personas que tuvo a sus órdenes durante muchos años y con muy distintas responsabilidades.

Muy pocas veces le vi enfadarse, aunque muchas veces le sobraran los motivos. Eso sí, parafraseando a Aristóteles, sabía hacerlo con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto.

Uno de esos gipuzkoanos humildes, prudentes y eficaces.

lunes, 25 de mayo de 2020

El fútbol y el estado de alarma

Tranquilos que no voy a hablar de fútbol, ni de cuándo vuelve La Liga, ni de la procedencia, conveniencia o pertinencia de que los partidos se jueguen a puerta cerrada. Ahora mismo, sería la penúltima de mis preocupaciones, si no la última.

Sí voy a hablar del paralelismo entre el comportamiento de quienes se mueven alrededor del fútbol: profesionales, directivos, periodistas y aficionados, con el comportamiento de la sociedad en general, empezando por la clase política, funcionarios, medios de comunicación y ciudadanos en general.

De la misma forma que el seguidor de un equipo de fútbol acepta casi acríticamente las supuestas bondades de su club, y de la misma manera aborrece visceralmente a su directo rival, este estado de alarma está despertando nuestras más bajas pasiones, sin dejar apenas resquicios al pensamiento racional y crítico.

Hace unos meses, en la vieja normalidad, la información deportiva estaba focalizada en el fútbol y, dentro de esa materia, en la rivalidad entre el Real Madrid y el Barcelona, sin apenas hueco para los demás. 

En la vieja y en la nueva política, seguimos con los bloques, con las dos Españas, con el ruido, los insultos, las marrullerías y los desplantes, que recuerdan a los que se producen en cualquier campo y en cualquier partido de fútbol.

La línea editorial del Marca es la misma que la del ABC o El Mundo, por poner un ejemplo; y a los ciudadanos nos quieren y nos tratan como hinchas de formaciones políticas, como si fuera lo mismo.

Así, cuando de habla del estado de alarma que -se supone- obedece a une emergencia sanitaria, el debate político entra en el barro de otras cuestiones, como las elecciones, la legislación laboral o la independencia de Catalunya, aderezado con la sangre de los muertos.

Persiguen con ello que la respuesta de los ciudadanos sea la misma que la un hooligan: visceral, acrítica y fanática.

En este escenario, una vez más, me declaro abiertamente marxista y proclamo con Groucho que 'Nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo.'

domingo, 24 de mayo de 2020

Prórroga y penaltis o tie break

Una de mis rutinas diarias es consultar la agenda para ver qué familiares, amigos o conocidos cumplen años ese día y felicitarles. Otra, abrir Facebook y consultar la misma información. En algunos casos es un simple trámite y en otros algo que hago con gusto. Dependiendo de la relación y del momento, la felicitación puede ser a través de una llamada de teléfono, un contacto personal -ahora ya posible- un whatsapp, un e.mail, o un mensaje en Facebook. 

Cuando el contacto ha sido postal o digital, es decir, no ha habido conversación, sea telefónica o personal, hay casos en los que no espero respuesta y hay otros en los que, no solamente cuento con la réplica, sino que la espero con interés.

Hoy cumple años, 54, Rafa, a quien conozco muy superficialmente desde hace unos treinta años, y con quien apenas he tenido trato personal, más allá de saludarnos e intercambiar breves comentarios cuando coincidimos, y que me parece un tipo más que interesante.  Me da que los dos tenemos un punto de timidez y de pudor que ha hecho que esa relación se quede ahí.  Tengo su teléfono, pero se contarán con los dedos de una mano -y me sobran- las veces que hemos hablado por ahí. Tampoco tengo registrado ningún whatsapp. A cambio, tenemos fluidas conversaciones en Facebook.

Siendo así, le he felicitado por Facebook y su respuesta -que esperaba- me ha encantado: 'Gracias Gabriel. Nos vamos haciendo mayores. Jugando la segunda parte y disfrutando del juego y el partido sin presión, y si hay prórroga y penaltis ... pues mejor.'

Sin desvelar su identidad, diré que conocí a Rafa cuando era atleta y le he vuelto a ver, muchos años después, en la piscina, a la que espero volver pronto, con una planta que ya quisieran tener el 99,99% de las personas cuando tengan esos 54 años.

Como yo ya estoy en la prórroga, que sería el sinónimo de la jubilación, le he contestado, siempre por Facebook: 'Yo me apunto a la prórroga... siempre que haya juego y goles. Lo de los penaltis... no sé, no sé. Mejor el tie break.'

Su respuesta ha llegado de inmediato: 'También es verdad. A partir de tantos minutos de juego... mejor la muerte súbita jugando alegre, feliz y divertido.'

Ahí lo dejo. Eskerrik asko! Rafa. Espero que haya sido un gran cumple.

sábado, 23 de mayo de 2020

El poder de lo simple

Tengo un buen amigo, Pedro, que es un genio del marketing; del marketing de verdad, no uno de los vendehumos que nos rodean y nos asedian por tierra, mar y aire. Un tipo normal, pegado a la tierra, que no usa palabros raros en inglés y cuyo único vicio conocido es su pasión por la música clásica y algunos clásicos modernos como Leonard Cohen.

Hace unos veinte años, cuando yo trabajaba en Recursos Humanos, me regaló un libro, que tengo siempre a mano. Hablando de regalos, me ha hecho muy pocos, quizá sólo dos, los dos magníficos. El otro es una colección de CDs de música clásica que me acompañan desde hace meses, apagando el molesto ruido que genera todo lo relacionado con el Covid19.

El libro se titula El poder de lo simple (1998). Su autor es Jack Trout, en colaboración con Steve Rivkin. Se presenta como una guía empresarial para eliminar lo absurdo y ser más racional; y está dedicado a los que están agobiados y perplejos, y que sienten que debe haber un modo más simple de hacer las cosas. ¿Os suena?

Cuando el 14 de marzo nos confinaron en casa, la cosa era simple y la entendió todo el mundo, aunque algunos no estuviéramos conformes. A medida que fueron pasando los días, las semanas, los meses; a medida que fue compareciendo el presidente de Gobierno, con sus tediosos discursos semanales; a medida que se han ido prorrogando los sucesivos estados de alarma; a medida que han ido llegando las fases de la desescalada, el mensaje ha ido perdiendo su simplicidad, hasta llegar a una complejidad en la que se han ido instalando normas y comportamientos absurdos e irracionales.

Los que confiábamos en que la situación mejoraría cuando el Gobierno Vasco asumiera las competencias que le son propias y le fueron arrebatadas arbitrariamente por el estado de alarma, nos estamos encontrando con que ese Gobierno Vasco, lejos de mejorar y simplificar la gestión, la está complicando cada día más. 

Mucho vengo hablando del miedo desde el 14 de marzo, del miedo como la emoción que quieren que guié nuestro comportamiento. Matizando más, ya el página 5 del libro (recuerdo, un libro de marketing) se describen estos siete temores más comunes en el ser humano:
  1. Temor al fracaso.
  2. Temor al sexo.
  3. Temor a la autodefensa.
  4. Temor a confiar en los demás.
  5. Temor a pensar.
  6. Temor a hablar.
  7. Temor a la soledad.
Hablando del temor a pensar esto es lo que dice en esa misma página 5: 'No solo cuesta trabajo pensar, sino que muchas personas temen hacerlo. Son dóciles y obedientes y siguen fácilmente las sugerencias de los demás, porque les ahorra el trabajo de pensar por sí mismas. Se vuelven dependientes de otros para el trabajo mental y buscan un protector cuando tienen dificultades.'

Pregunto otra vez: ¿os suena?

Creo que volveremos a hablar de El poder de lo simple.

viernes, 22 de mayo de 2020

Superar el miedo

Sigo sorprendido -y preocupado- con la docilidad con la que muchas personas, de toda edad y condición, siguen asumiendo la tesis más restrictivas y cediendo espacios de libertad personal.

Desde ayer es obligatorio el uso de mascarillas en espacios cerrados y en la calle, siempre que no se pueda garantizar una distancia física de separación, cuyo estándar parece ser de dos metros.

Hasta ayer, no he usado mascarilla. No me consta ninguna evidencia científica de sus posibles beneficios. El propio Fernando Simón -leído entre líneas- parece bastante escéptico respecto de su eficacia fuera de un uso profesional. Sí me consta que, al utilizarla, respiro con dificultad. Sí me consta que respiro parte del aire que acabo de expirar. Sí me consta que se me empañan las gafas. ¿Sigo con los inconvenientes?

A pesar de eso, desde ayer, llevo una mascarilla que me pongo cuando entro en algún sitio cerrado -básicamente cuando hago alguna compra que no sea al aire libre- y me quito cuando voy por la calle. En ningún momento he sentido que no podía guardar la distancia física recomendada y por las torvas miradas que percibo en los guardianes de la ortodoxia mascarillera, huyo de ellos como de la peste.

La estrategia del miedo que han utilizado el Gobierno de España y el Gobierno Vasco, con la mayoría de los medios de comunicación de palmeros, está dando sus frutos. Tenemos un importante sector de la población que está literalmente acojonado de contagiarse del infame Covid19, aunque las evidencias demuestren que, en las actuales circunstancias, siguiendo las reglas básicas de higiene y distancia física, ese contagio es harto improbable. Apuesto a que con el poco tráfico que hay, es más probable sufrir un atropello... o un esguince mientras caminamos.

Mientras estoy en la cola de la panadería, en la calle, escucho conversaciones de personas escandalizadas por la afluencia a las playas, inexplicablemente restringida, cuando sí que hay evidencias científicas del efecto benéfico de los rayos ultravioleta.

Si cada uno de nosotros repasa los momentos de riesgo, mínimo, casi microscópico, pero riesgo al fin y al cabo, no saldría de casa. Incluso, dentro de casa, se encerraría en una burbuja. Y es imposible vivir en una burbuja ¿verdad?

Pongamos un solo ejemplo: la panadería. Todos los días compro el pan en la panadería de Elena, un cielo de mujer. Por ahí, a diario, pasamos cientos de personas. Elena lleva su mascarilla, su pantalla, sus guantes... Con esos guantes coge el pan, lo mete en una bolsa de papel y nos lo da. Con esos guante recoge el dinero que le damos (yo procuro darle lo justo: 1,40€ los días de labor y 1,45€ los días festivos). Y con esos mismos guantes nos da las vueltas. No sigo ¿verdad?

Escuché ayer a un médico americano decir que no podemos esterilizar el universo. Ni el más ortodoxo cumplidor de las normas que nos ponen está libre de contagiarse, aunque sea una posibilidad entre un millón, también puede él o ella puede caer.

Yo prefiero hacer las cosas con naturalidad: limpiarme frecuentemente las manos, huir de las concentraciones de muchas personas, especialmente de las más pusilánimes; y poco más. Igual mi probabilidad de contagio se multiplica, exagerando mucho ¿por cien?. Vale, tendría una posibilidad entre diez mil. La asumo

Ahora que parece que hay que leer a diario el B.O.E . y el B.O.P.V., yo prefiero leer un buen libro o ver una buena película.

jueves, 21 de mayo de 2020

20205 kms

Ahora que no hay carreras, empiezan a salir iniciativas que nos ayudan a sacar el carácter competitivo o las ganas de disfrutar. Muchas ha habido los días de confinamiento, corriendo por el pasillo, subiendo escaleras, pedaleando en la bici estática, montados en la elíptica o quemando la cinta de correr.

Ahora que ya podemos salir a la calle, los organizadores de las fiestas del barrio de Eitza, en Zumarraga, cuyo día grande fue el pasado 15 de mayo, San Isidro, han puesto en marcha un reto, que han bautizado como Eitza Challenge y cuyo objetivo es sumar 20205 kms... o más. ¿Por qué 20205? Porque estamos en 2020 y es el mes número 5, mayo.

El reto comienza a las 6:00, que es la hora en que podemos salir a hacer deporte, y termina a las 23:00, que es la hora límite de la segunda franja horaria.

Vale todo: correr en la calle, en la cinta o en casa, andar en bici, sea de carretera, de monte, de calle o estática, elíptica, andar o correr por el monte, por la calle...

¿Cómo sabremos si podemos decir aquello de reto conseguido? Muy fácil. Se trata de mandar una foto de la pantalla del móvil, de la bici, de la cinta, de la elíptica, del reloj de cualquier dispositivo que de fe de la distancia; y subirla a las redes sociales #EitzaChallenge o @eitzakojaiak. Quienes no tengan redes sociales pueden mandar un e.mail con la foto a eitzakojaiak@gmail.com.

Mi plan para el sábado es un rodaje mañanero de unos 12,5 km. Por la tarde, una horita de bici estática, en la que suelo hacer 25 kms, aproximadamente, mientras veo una serie. 37 kms para sumar.

¿Cuántos vas a hacer tú?

miércoles, 20 de mayo de 2020

Atención al cliente en la Fase 1

Tenía cita ayer a las 16:00, concertada por teléfono la víspera, después de una visita previa al comercio, en la que mi percepción (sensación interior que resulta de una impresión material hecha en nuestros sentidos) fue que la atención había sido insatisfactoria. Recibí una encuesta por SMS y mi valoración fue de 4 sobre 10.

El objetivo de la cita era cambiar la titularidad de un contrato, que está a nombre de mi mujer y ponerlo a mi nombre. Llegamos puntualmente a la cita, no había nadie en el comercio y tres personas atendiendo. Ante nuestra sorpresa, nos dijeron que teníamos que entrar de uno en uno. Primero mi mujer, para darse de baja y solicitar que yo le sustituyera como titular del contrato, y después yo, para firmar el alta como nuevo titular.

Quien nos atendía estaba en un mostrador, con asiento alto, protegido por una pantalla transparente. Los clientes, mi mujer, primero, y yo, después, a dos metros de distancia, con una banqueta alta en medio que hacía de barrera.

En esas condiciones, intercambiar documentos y objetos resulta complicado, más cuando el comercial que nos atendía, un tipo joven, que podría ser mi hijo, de aspecto muy saludable, parecía temeroso de que le transmitiéramos el nefasto Covid 19. O al menos esa era mi percepción. Tal vez ayudara que yo no llevaba puesta la mascarilla. Al entrar, pregunté si era obligatoria y me dijeron que era recomendable. Yo no me la puse porque no me consta evidencia científica de su eficacia (el propio Fernando Simón parece pensar en esa línea), dificulta notablemente mi respiración, empaña mis gafas y me hace sufrir una sensación de agobio. Mi mujer sí llevaba puesta una mascarilla.

En ese escenario, el citado comercial, el mismo que me había atendido la víspera y que me había indicado los pasos a dar para cambiar la titularidad, me dice que ese cambio implica la pérdida de una serie de descuentos y ofertas a los que nos acogimos cuando contratamos el servicio a nombre de mi mujer. Se trata, a mi modo de ver, de información relevante, que no me fue comunicada la víspera.

Así las cosas, no nos interesaba cambiar la titularidad del contrato y lo que probablemente nos interese es cambiar de proveedor. Media hora perdida

No sé si es que el miedo ha calado tanto entre nosotros que hemos perdido el norte, que en una empresa de servicios -y en cualquier otra- debe ser la orientación al cliente y la satisfacción de sus necesidades y hasta sus expectativas, que yo no percibí en ninguna de esas dos visitas del lunes y el martes. Ya se pueden poner las pilas.

martes, 19 de mayo de 2020

Cambio de planes

Fue una noche dura, que terminó antes de que saliera el sol. Se habían juntado dos docenas de personas, entre las que contó siete mujeres, la mayoría magrebíes. Trabajaban a buen ritmo y, aunque hacía frío, lo llevaban bien, llegando incluso a sudar por momentos. Rubén se llevó una botella de agua, de la que fue bebiendo regularmente, hasta vaciarla. También tuvo que vaciar un par de veces la vejiga.

Tras despedirse del capataz, que estaba contando las cajas de espárragos, perfectamente alineados y seleccionados, volvió andando. Tuvo la tentación de correr, que reprimió para evitar disgustos, aunque era poco probable que alguien le pudiera ver a esas horas. Había visto cómo se las gastaban la Ertzaintza y la Policía Municipal en Donostia, para hacer cumplir el confinamiento decretado con el estado de alarma; y no creía que la Guardia Civil o la Policía Nacional fueran más consideradas.

En apenas doce minutos, andando a buen ritmo, llegó hasta la casa que su tío tenía en las afueras, en la avenida de Zaragoza. Había luz en la cocina y llamó a la puerta, que abrió su tío Ariel, quien, tras mirarle de arriba abajo, le preguntó qué tal había ido la noche. Fue una pregunta retórica, porque apenas le dejó contestar, para decirle que se fuera a la ducha y que él le iría preparando el desayuno.

- Ya me ducharé en casa, tío, que no tengo ropa para cambiarme, pero el desayuno te lo acepto encantado.
Tienes pan de ayer, tostadas, aceite, mantequilla, mermelada, jamón, fruta ¿Quieres un zumo? ¿Alguna otra cosa?
- Tranquilo, tío, me voy sirviendo.

Fue al frigorífico, cogió dos huevos y los puso a cocer, mientras se preparaba un zumo de naranja, cortaba un buen trozo de pan, lo partía por la mitad y metía las dos rebanadas en la tostadora.

La víspera apenas habían tenido ocasión de hablar y su tío empezó a hacerle preguntas sobre los estudios de ingeniería informática, el piso donde vivía en San Sebastián, sus compañeros, el trabajo que había dejado, cómo llevaba lo de no poder salir a hacer deporte y sus planes para cuando terminara el curso.

De todo fueron hablando mientras Rubén daba buena cuenta de los huevos, las tostadas y cuanto iba cayendo en sus manos. Su tío Ariel, mientras tanto, acercó un PC portátil y empezó a navegar por él. Además de la huerta, tenía otros negocios y Rubén se sorprendió cuando le dijo que estaba a punto de inaugurar un hotelito en el antiguo barrio judío de Tudela, en la calle San Miguel. Había previsto hacerlo en Semana Santa, pero el estado de alarma había aplazado sine die la apertura.

- Si te vas a quedar en Tudela, creo que me puedes ser mucho más útil en el hotel que recogiendo espárragos en la huerta. Vete a casa, cuida de tu madre, descansa, y venid a comer, a las dos y media.

lunes, 18 de mayo de 2020

Unorthodox

Uno de los muchos recuerdos que tengo del maratón de New York, que corrí en 1994, es el paso por el barrio de Williambourgh, en Brooklyn, sobre el km 15, aproximadamente. Si desde la salida nos acompañaba la música y el bullicio de decenas de bandas de música y  los ánimos de decenas de millares de personas, llega un momento en que se hace el silencio, mientras a ambos lados de la carretera centenares de judíos ultraortodoxos, vestidos rigurosamente de negro, con las levitas y los sombreros, bajo los que, por delante de las orejas, lucen unos largos tirabuzones, observan la carrera en absoluto silencio.

Es en ese barrio de Williambourgh donde está ambientada parte de la mini-serie Unorthodox, que consta de cuatro episodios de poco menos de una hora cada uno. La otra parte tiene como escenario Berlín, adonde huye Esty, una joven de 19 años, recién embarazada y casada desde hace un año con Janky (o Jakov), tras un matrimonio concertado por el casamentero de la comunidad judía en la que nació.

La serie, de impecable factura, recrea el ambiente cerrado y asfixiante de esa comunidad judía, en el que el rol de la mujer se limita a las labores del hogar y a tener los hijos que le de Dios. El contraste es la vida en una urbe cosmopolita y moderna, como Berlín, donde Esty entra en contacto con un grupo de jóvenes estudiantes de música de diferentes países y con distintas orientaciones sexuales. 

Tras la huída de la protagonista, el rabino de la comunidad ordena a su marido que vaya a buscarla, acompañada de su primo, Moishe, un tipo inquietante.

En lo más oscuro del túnel, perseguida por Yanki y Moishe, Esty se confiesa y dice: 'Estoy embarazada, no tengo dinero ni educación, no tengo nada que darle a este hijo.'

No seguiré contando más y me limitaré a subrayar el, para mí, extraordinario trabajo de los actores.

Si te decides a verla, no te dejará indiferente.

domingo, 17 de mayo de 2020

Susto o muerte

Ayer vio un rato La Sexta Noche y le dejó tan mal cuerpo que me ha mandado unas reflexiones y entre los dos hemos escrito lo que sigue, que lleva nuestra firma, la mía y la de Joseba Altube

Joseba Altube es un tipo al que conozco gracias a las redes sociales y el deporte, con el que me he tomado algún café y con el que suelo debatir habitualmente, lo que significa que no siempre estamos de acuerdo y que, incluso, haya cuestiones en las que discrepamos abiertamente. No pasa nada; eso es muy sano y lo contrario sería más que preocupante.

¿Visteis La Sexta Noche de ayer sábado? Yo vi una pequeña parte, y lo que vi, es una evidencia más, de que estamos ante un ‘atraco perfecto’. No he querido 'conspirar' demasiado hasta ahora, al no tener certezas, ni ser -creo- conveniente, en un momento en el que lo más sensato parecía no rechistar las órdenes de los expertos, ante unas medidas que parecían lógicas en su momento.

Pero hemos llegado a un punto en el que aun habiendo atajado la progresión del brote Covid-19, siguen con la campaña de miedo y control; y lo que es peor, nos adulteran la información para conseguir unos objetivos que cada vez están más claros.

Ayer, en horario de máxima audiencia, a las 21:35, éstas fueron las palabras textuales de la presentadora, Verónica Sanchez: “Según un estudio de seroprevalencia que se ha realizado en España sobre 60.000 personas, la enfermedad ha alcanzado al 5 % de la población. Por lo tanto, el 95 % restante somos vulnerables al Covid-19”. Aunque falte una total evidencia científica, los indicios apuntan a que ser seroprevalente genera inmunidad para un tiempo relativamente prolongado.

Y sigue diciendo Verónica Sánchez: “Vamos a estar en riesgo hasta que haya una vacuna o hasta que el 60% de la población haya pasado la enfermedad y haya inmunidad de grupo. El problema es que para llegar a esa inmunidad de grupo hay que pasar 12 veces (5% x 12) por esa oleada brutal que hemos sufrido. Imaginen que trasladamos esos números a los 27.500 fallecidos que llevamos con este 5%. Esta cifra nos llevaría a algo impensable que nadie desearía, 12 x 27.500=330.000 fallecidos. Mensaje para quienes pensaban que podíamos alcanzar una inmunidad de rebaño. No es gratis, el coste de vidas humanas es tremendo.”

¿Qué aberración es esta? Nos están llevando a un escenario de ´susto o muerte´. Nos manipulan con la clara intencionalidad de que a nadie se le ocurra rechazar esta libertad vigilada, este paternalismo de estado, esta nueva normalidad Orwelliana, que es la única vía para no morir o matar a tus seres queridos.

Nos están vendiendo un escenario estadístico que está distorsionado, con variabilidad de positivos y porcentajes de muertos que realmente desconocemos, ya que estimar la tasa de mortalidad o letalidad dividiendo el número de muertes totales acumuladas conocidas, por el número de casos confirmados, no tiene en cuenta ni los casos leves asintomáticos o con poca sintomatología, ni los casos no reportados. Carece de rigor decir que una inmunidad de grupo conllevaría multiplicar los muertos proporcionalmente.

Dando por buenas las cifras del Ministerio de Sanidad, si el 95% de las víctimas mortales en España tienen más de 60 años, de acuerdo con los casos en los que se ha notificado el grupo de edad, y que, de ellos, el mayor porcentaje de muertos se sitúa a partir de los 80 años, y que por debajo de los 50 años apenas se contabilizan víctimas mortales ¿no sería mucho más eficaz extremar las medidas de precaución entre los mayores de 70 años y aquellos colectivos más vulnerables, y apartarlos de los focos de contagio?

Con una estrategia adecuada, a propuesta de los técnicos, médicos, epidemiólogos, etc., planteando y debatiendo alternativas al pensamiento único del confinamiento y las ‘fases’, con todas las facilidades, espacios de ocio y consumo y horarios que necesiten los mayores (póngase aquí la edad de corte), la incidencia de la enfermedad sería incomparablemente menor entre el resto de la población y se podría ir consolidando, poco a poco, paso a paso, la ‘inmunidad de rebaño’.

Sin embargo, en el escenario al que parece que nos quieren llevar, continuando con las restrictivas e indiscriminadas medidas de aislamiento social, podríamos contagiarnos en cualquier momento, pero en un lento, agónico e impredecible goteo, cuyas consecuencias físicas, mentales, económicas y sociales, presumo más contraproducentes y desacertadas que poner el foco en los mayores, a los más vulnerables, a quienes tenemos la obligación de proteger.

Sigo pensando que nos quieren mantener en un estado de pánico controlado para toda la población, utilizando la ‘lucha de clases’: jóvenes vs viejos, runners vs paseantes, ‘terraceros’ vs ‘caseros’, perros vs ¿?… Basta con que leáis el 'Sirimiri' de El Diario Vasco en las páginas de información local de Donostia.

Nos están poniendo el foco en el dedo, en lugar de en la luna.

sábado, 16 de mayo de 2020

Ya que estamos de paso, dejemos huellas bonitas

'Ya que estamos de paso, dejemos huellas bonitas.' Lo escribió ayer en Facebook Arantxa Zapata comentando el post De la distopía a la utopía. Es una frase fantástica en la que nunca había reparado y que, no sé si consciente o inconscientemente, guía mi comportamiento. O así me gustaría que fuera.

Lo que yo defino como mi misión personal, comienza diciendo: Soy un corredor de fondo, convencido de que el trabajo duro es divertido, si te sabes reír de ti mismo, te rodeas de personas inteligentes y evitas a los que se quejan por todo. 

Llevo mal a los que se quejan por todo sin aportar soluciones... aunque hay momentos en los que se me olvida -y es posible que la declaración del estado de alarma el pasado 14 de marzo, justo el mismo día que murió mi madre- haya sacado lo peor de mí mismo, por el trato abusivo y vejatorio al que me vi sometido por el confinamiento salvaje decretado por el Gobierno de España.

La  vida me ha ido enseñando que no tiene sentido luchar contra aquello que no está en nuestra mano solucionar, contra la realidad, contra la naturaleza y que lo único que conseguimos así es sufrir nosotros y causar sufrimiento a los demás. ¡Ojo! no digo que no debamos rebelarnos contra los abusos, contra la injusticia, contra la arbitrariedad, contra el atropello o contra la sinrazón. 

Quiero decir, utilizando un ejemplo muy simple y mundano, que si sólo tengo una hora para salir a correr porque mi agenda o mis compromisos me tienen pillado, tiene que ser a las seis de la mañana y en ese momento está cayendo el diluvio universal, de nada me vale quejarme. Tengo dos alternativas: salir a correr y mojarme; o quedarme en casa sin poder correr. No, digo mal, sin querer correr, porque poder, puedo. 

'Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento.' (Viktor Frankl)

En mi etapa profesional, en los equipos y proyectos que me ha tocado liderar, he aplicado esta máxima: si no vas a sumar, no restes. Recuerdo bien un equipo de cinco en el que, cuando estábamos todos, trabajábamos por cuatro... o por tres. Y cuando faltaba el quinto -en este caso la quinta- los cuatro nos convertíamos en cinco o seis. Cada vez que cogía la baja -y cogía muchas- nuestra primera reacción era ponerla a parir: actitud negativa. Tras el desahogo, que no duraba más de un minuto, le dábamos la vuelta y celebrábamos habernos librado de ella, multiplicando nuestro esfuerzo: actitud positiva.

Todos conocemos a personas que ante situaciones complejas y difíciles, como las que estamos viviendo, suman. Muchos se dan cuenta de quién, en esas circunstancias, está restando. Y algunos son capaces de percibir a los que simplemente cambian de tema. Nuestra clase política y muchos periodistas y tertulianos son un buen ejemplo de estos dos últimos comportamientos, aunque no conviene generalizar y estoy seguro de que hay políticos honestos y constructivos (a los que deben tener bien escondidos) y periodistas decentes.

Voy terminando, con la sensación de que me ha salido una mala imitación de Paulo Coelho o de la columna de los domingos de Guille Viglione en la última página de El Diario Vasco.

Eskerrik asko! Arantxa, porque no quiero convertirme en ese tipo de persona que tanto detesto.

viernes, 15 de mayo de 2020

De la distopía a la utotía

Dice la Wikipedia que una distopía o antiutopía es una sociedad ficticia indeseable en sí misma. Suele ser sinónimo de mal lugar y es un antónimo de utopía, un término que fue acuñado por santo Tomás Moro y figura como el título de su obra más conocida, publicada en 1516, un modelo para una sociedad ideal con niveles mínimos de crimen, violencia y pobreza.

La Real Academia Española, más sobria, la define como 'Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana.

Y para la R.A.E. las dos acepciones de utopía son: (1) Plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización y (2) Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedores del bien humano.
Desde el 14 de marzo, cuando el Gobierno de España decretó el estado de alarma, vivimos en una distopía, con un grave recorte de nuestras libertades y un modelo social y de comportamiento claramente indeseables, al menos a mi modo de ver. Sobre esto me vengo extendiendo desde hace dos meses.
Parece que vamos a seguir al menos un mes más en este estado de cosas, aunque bien es verdad que del confinamiento salvaje de las primeras semanas hemos pasado a una situación menos severa, aunque lejos del modo de vida que nos gustaría practicar, al menos a mí.
El ser humano se acostumbra a vivir en su zona de confort y le cuesta salir de ella. Muchos añoran la normalidad anterior al 14 de marzo, mientras que apuesto a que algunos se están acostumbrando a la nueva normalidad que les ha traído el estado de alarma y el miedo a la pandemia.
Desde las instancias del poder, entendido en sentido amplio, nos empiezan a conducir a lo que han llamado nueva normalidad, que nadie sabe muy bien en qué consiste y que, al menos a mí, me produce una profunda desazón cuando no un comprensible recelo.
Así que le ha dado unas vueltas a cómo me gustaría que fuera mi nueva normalidad, asumiendo que cumpliré 65 años en noviembre y que tendría que ser realista en el planteamiento de mis utopías, aun cuando Gabriel García Márquez dijera aquello de que: ‘Yo creo que todavía no es demasiado tarde para construir una utopía que nos permita compartir la tierra.

No voy a hablar de grandes avances sociales o políticos y me conformaré con cuestiones más mundanas, empezando por el planeta en el que vivimos.

Espero que la nueva normalidad nos haga tomar conciencia de la importancia de respetar el medio ambiente. No sé cuántos vuelos de avión puede soportar al día el planeta, cuánta gasolina se puede quemar, cuánta agua se puede malgastar, cuántos árboles se pueden talar, cuántos animales se pueden sacrificar y un largo etcétera de excesos que estamos cometiendo, sin que se ponga en peligro la sostenibilidad de la vida en la Tierra. De la misma manera que estamos atendiendo las recomendaciones de los científicos en esto de la pandemia, atendamos lo que nos dicen sobre algo mucho más serio; aunque no tengan toda la verdad y aunque no haya un mapa que los guíe.

Espero que la nueva normalidad nos traiga la erradicación del capitalismo salvaje en que vivimos y que volvamos a resetear desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada y proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unida el 10 de diciembre de 1948, cuyo artículo primero dice así: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

Espero que la nueva normalidad rechace que un futbolista o cualquier otro profesional, por bueno que sea, gane en un día lo que un trabajador gana en un año. Ahora mismo, hay personas que en un día ganan lo que un trabajador no llegará a ganar en toda su vida.

Espero que la nueva normalidad nos ofrezca la posibilidad de vivir una vida digna de tal nombre, con pleno uso de nuestra razón y nuestra conciencia, sin prolongarla más allá de lo que la naturaleza lo permitiría sin artificios.

Espero disponer de los recursos materiales necesarios para vivir los años que me quedan, sin excesos innecesarios y disfrutando de lo mejor de la vida, que casi siempre es gratis.

De la misma manera que para ejercer determinadas profesiones: médico, ingeniero, abogado, arquitecto… es necesario acreditar una formación y unos conocimientos reglados, espero que en la nueva normalidad los dirigentes políticos tengan que acreditar la solvencia necesaria para ejercer como tales. No puede ser que, como pasa con la mayoría de la clase política, todos ellos estén mamando de las ubres del Estado casi desde su más tierna infancia, sin contacto con la vida real. No puede dirigir un país, una comunidad autónoma o un ayuntamiento quien no ha dirigido con éxito una empresa, ha gestionado eficazmente un presupuesto, ha pagado puntualmente unas nóminas, ha negociado con clientes y proveedores y ha resuelto situaciones complejas en el día a día.

Podría seguir sabiendo, o teniendo la certeza, como dijera Eduardo Galeano: ‘La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.