Bueno, alguno más. Desde que el 13 de marzo, en
la quinta votación, Jorge Mario Bergoglio fuera elegido papa, adoptando el
nombre de Francisco, han pasado 125
días y se nota un cambio.
Después del folklore mediático que acompañó su
elección, con un despliegue informativo que no envidiaba al de una boda real o
la ceremonia de los Oscar, que transmitía una imagen de la iglesia con la que
resulta difícil identificarse, Francisco
está demostrando que es un papa distinto, un gran comunicador y una persona que
inspira bondad.
Misa en Lampedusa |
Desde el primer momento, ha hecho gestos para
cambiar esa percepción: su modesto crucifijo, sus zapatos negros de toda la
vida, su decisión de residir en la casa de huéspedes del Vaticano en lugar de
la residencia papal, su visita a la cárcel de jóvenes el Jueves Santo, las
homilías de la misa diaria de la Casa Santa Marta, su primer viaje a la isla de
Lampedusa para reunirse con los inmigrantes indocumentados… han dejado en un
segundo plazo las intrigas de la curia, las finanzas vaticanas y los casos de
pederastia.
Además, ha hecho manifestaciones contundentes: ‘San Pedro no tenía cuenta en un banco’.
‘Pensar más en el hambre de los pobres que en los bancos’. ‘El dinero tiene que
servir, no gobernar’. ‘Sed pastores con olor a ovejas’.
Termino. Ya tenemos
una edad en la que cuesta ser ingenuo y sabemos de las dificultades a las que
se enfrenta el para Francisco, quien necesitará de toda la ayuda y la
inspiración del Espíritu que es ‘quien hace que los jóvenes tengan visiones
y los ‘ancianos’ tengamos sueños’.
Esperemos (de
‘esperanza’, virtud teologal) que sea cierto –como dicen los argentinos- que
‘El papa Francisco es un regalo de Dios’.
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