
El gimnasio, la
piscina, la práctica de Pilates y una buena alimentación, fueron moldeando un
cuerpo fibroso, elástico y sensual, camuflado por la ropa discreta y sencilla que
tenía buen cuidado de elegir desde que, con poco más de doce años, a la vez que
sus instintos despertaban a la vista de los torsos desnudos de algunos chicos
de su club de natación, se incomodaba ante las miradas de hombres de todas las edades.
Como la colegiala
que era entonces, se enamoró de Aitor, uno los mejores nadadores del club, un
año mayor que ella, un malote, alto y fuerte, con una cara vulgar, aspecto descuidado,
mal peinado y afeitado, siempre vestido con chándal y camisetas. Tenía algo
salvaje, que le atraía como un imán y le erizaba la piel solo con la mirada.
Sus amigas no entendían qué veía en él, más allá de un cuerpo escultural, que
no era más que uno más entre otros muchos.
Si bien la
toleraban, sus padres tampoco aprobaban una relación, por momentos tempestuosa,
con un chico que, más allá de su aspecto, no muy distinto del de otros de su edad, se manifestaba con lengua fácil, verbo disonante y actitudes en la
frontera del machismo más rancio, que había terminado a trompicones sus estudios. Subsistía de la generosa paga de sus padres y una miserable beca de
la Federación, mientras que Ane, que tras la carrera hizo un prestigioso máster en Derecho Comunitario, había empezado a trabajar en el bufete, desde abajo, sin cobrar todavía, y sin dejar el puesto de encargada que tenía en Zara, donde
entró como dependienta con 18 años recién cumplidos.

Tras muchos años de
encuentros clandestinos y vacaciones a salto de mata, después de las que Aitor
disfrutaba con sus amigotes en Conil de la Frontera, cuando terminaba la
temporada, a Ane le apetecía hacer un viaje a Italia para volver a visitar
Roma, Florencia, Siena y otras ciudades que había conocido con sus padres y ver
agostar los campos de la Toscana. Tenía su permiso para llevarse
el Volvo V40 y había ahorrado para comer y alojarse dignamente durante las dos
semanas posteriores a la Semana Grande donostiarra. Estaba dispuesta a asumir
el coste de esas vacaciones, que había soñado como el preámbulo de una
convivencia, independiente de sus padres, en un pisito del alquiler que estaba
negociando con su abuela, a precio de nieta. Lo tenía todo planeado y se lo pensaba
plantear a Aitor primero, cuando volviera de Pamplona, y a sus padres después.

Me surge la duda, un dispositivo electrónico se puede hojear?
ResponderEliminarTécnicamente carece de hojas,si bien, uno puede pasar paginas de un libro electrónico....
"...pensaba en ello y hojeaba distraídamente la tablet,..."
Obviamente, un dispositivo electrónico no se puede 'hojear'. Es una metáfora o una licencia literaria, no sé si muy afortunada. Saludos.
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