
Es una serie atípica, protagonizada, escrita y dirigida por Ricky Gervais, que hace el papel del veterano redactor de un periódico local, entrado en la cincuentena, que trata de asimilar la muerte por cáncer de su esposa, de la que estaba profundamente enamorado. Del contenido de la historia no se desprende que el matrimonio tuviera hijos, como tampoco los tiene su protagonista en la vida real.
Frente a quienes quieren ayudarle en su duelo, Tony, que así se llama el protagonista, reacciona con acritud frente a todo y frente a todos. Hace y dice lo que le da la gana, sin importarle las consecuencias porque siente que ya no tiene nada que perder, después de haber perdido a su esposa.

Por cada uno de los doce episodios van desfilando personajes marginales, frikis e irreverentes, como un psicólogo machista obsesionado por el sexo, una prostituta que se presenta como trabajadora sexual, un tipo con el síndrome de Diógenes, un yonki y camello con el que hace amistad, una viuda que visita diariamente la tumba de su marido y le habla, un cartero desastrado y caradura...
El lenguaje grosero, irreverente y hasta procaz es un arma de doble filo y puede espantar espectadores, como mi mujer, que no pudo pasar del primer capítulo.
Otro detalle curioso es que, tratándose de una serie rodada y ambientada en Inglaterra, en todos los episodios hace un tiempo magnífico, sin asomo de lluvias, fríos, vientos o nieblas.

Como he leído en la crítica de Valentina Morillo: After Life es una exploración melancólica y existencial del duelo, un viaje de reconciliación con la vida.
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