
Enemiga de la ducha, su uniforme habitual, blusa blanca, falda gris por debajo de la rodilla, jersey azul marino y medias del mismo color, estaban adheridas a su piel, por encima de la ropa interior que a duras penas sujetaba sus partes más íntimas.

Al enterarse de que la vecina de abajo era médico y trabajaba en la Residencia, ella misma había pegado en el ascensor y en el portal sendas notas invitándola a abandonar el piso, no fuera a contagiar el coronavirus a toda la vecindad. El mismo texto se lo había remitido al administrador de la comunidad, con que el se llevaba a matar, y al propietario de la vivienda, sin obtener respuesta más allá de la retirada de las notas y el apoyo del resto de los vecinos a la chica. ¡Cómo podía ser médico semejante marimacho que convivía con tres chicos! A saber lo que pasaba justo debajo de su casa.
Oyó como subía con la bici y los ruidos que fue haciendo nada más llegar. Escuchó el sonido de la ducha y una conversación en la cocina. Sólo faltaba el violinista. Tenía un palo de casi tres metros en uno de cuyos extremos había pegado una esponja. Con la herramienta en la mano, abrió la ventana de la cocina, que daba al patio, y golpeó los cristales del piso de abajo, a la vez que empezaba una perorata que, como de costumbre, no obtuvo respuesta de ninguno de sus vecinos.
Desesperada, desayunó, atravesó el pasillo esquivando muebles, lámparas, cuadros, sillas y cajas de cartón, llegó a su habitación, se desnudó, pasó por el baño para desaguar, se puso el camisón sudado de la noche anterior, bajó las persianas, y tomó una pastilla para dormir.
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