
Los vilipendiados runners llevamos once días con dos ventanas que nos abren, de 6:00 a 10:00 y de 20:00 a 23:00 horas para que podamos salir a correr. En estos once días no han faltado las críticas sobre distancias que no se respetan, grupos que se forman, molestias a los peatones y paseantes y un largo etcétera en el que no faltan quienes se quejan porque no nos ponemos la mascarilla para correr.
Ayer era el primer día en el que se podían abrir bares y restaurantes con terrazas y otros establecimientos comerciales de menos de 400 metros cuadrados. El día, lluvioso, ventoso y tirando a frío no ayudaba a sentarse en una terraza y por lo que he oído en la radio, sólo abrió un diez por ciento de esos bares y restaurantes.
Cuando fui a hacer la compra al mercado de San Martín, el bar que está en la galería tenía todas sus mesas a tope. Obviamente, estar a cubierto favorecía ese lleno. Poco después de las diez, estaba de vuelta en casa, de donde, como he hecho desde que empezó el confinamiento, no volví a salir hasta esta mañana a las 6:03, que he ido a correr. ¿Ventajas? de estar jubilado.

Atónito, observaba cómo el riesgo de contagio se multiplicaba entre hombres y mujeres que ni forman parte de una unidad familiar, ni trabajan juntos, ni tienen una relación en la que resulte sencillo, a posteriori, hacer alguna trazabilidad si alguno de ellos resulta infectado por el Covid19.
A cambio, yo sigo sin ver a mi hijo, que está en Tolosa, y para ver a mi hija tengo que quedar a correr con ella, a las 6:45, separados por más de veinte metros. Tendremos que quedar en un bar para estar más cerca y poder charlar sin incumplir las normas que nos han impuesto.
Y tampoco puedo ir a las pistas de Anoeta, donde, en más de diez mil metros cuadrados, apenas voy a coincidir con una docena de personas.
Creo que es bueno que vayamos transitando a la normalidad, que las empresas industriales produzcan, que las de servicios se entreguen a sus clientes, que los comercios puedan vender sus mercancías y el género que tienen expuesto y el que no, que podamos degustar un buen café en un bar o disfrutar de una sabrosa comida en un restaurante. Creo que es bueno que los alumnos vuelvan a las aulas y los profesores a las clases presenciales.
Creo que en las próximas semanas y en los próximos meses el escenario y las normas serán dinámicos y cambiantes y que debemos asumir funcionar con la táctica de la prueba y error y la estrategia de coexistir con el Covid19 sin que lleguemos a colapsar, otra vez, el sistema sanitario. Creo que médicos, enfermeras, auxiliares, personal de limpieza, etc. están al límite de su capacidad física y mental, sin medios y sin la más mínima certeza sobre lo que les puede y nos puede deparar el futuro.
Decía ayer que en Gipuzkoa vivimos 713.000 personas, aproximadamente. Estoy seguro de que más de setecientas mil cumplimos con las medidas de higiene, distancia física y protección que nos han recomendado las instancias sanitarias, que son las que debemos atender, por encima de las consignas políticas. Pero qué daño nos pueden hacer esos pocos cientos o miles que ayer se pusieron y nos pusieron en riesgo.
Por eso fundamental que la vuelta a la normalidad, o la nueva normalidad, la hagamos con civismo, con respeto y con responsabilidad. A los del terraceo-poteo de ayer sólo les diría: Así no.
Guztiz ados, Gabriel!
ResponderEliminarGuztiz ados, Gabriel. Atzokoa oso itsusia izan zen.
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