sábado, 20 de septiembre de 2014

Barcelona

Salón principal del Palau Güell
El jueves estuvimos en Barcelona, cuidad que uno nunca de cansa de visitar y que, por lo que cuentan, están empezando a resultar difícil-mente habitable para sus ciudadanos, desbordados por el aluvión de turistas y visitantes que ocupan todas o casi todas sus calles, plazas y rincones con encanto, que son innumerables.

Resultó imposible visitar la Sagrada Familia, con una cola kilométrica en la que los japoneses eran mayoría. A cambio, nos decantamos por otra obra de Gaudí, menos conocida y menos monumental, pero igualmente espectacular y rompedora: el Palau Güell, construido entre 1885 y 1890 en una de las entradas de la Rambla. Restaurado por la Diputación de Barcelona, se puede visitar desde 2011. Merece la pena contemplar y admirar la obra de este genio, que murió prematuramente en 1926, al ser atropellado por un tranvía.

Azotea del Palau Güell
Como merece la pena dejarse llevar por la marea de gente que, en todas direcciones, se mueve por el Paseo de Gracia, la Gran Vía, el Barrio Gótico, sus plazas y sus calles. Si además lo haces guiado por un apasionado del arte y la historia como mi amigo Pako (sí con k), las horas se te pasan sin darte cuenta y tienes que correr para coger el tren de las 22:59, que te devuelve a Vilanova, adonde llegas a medianoche, agotado y te lanzas a la cama de cabeza, más cansado que cualquier día de labor. 

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