
El próximo 7 de noviembre cumpliré 63 años y me
jubilaré, pasando a ser dueño de esas horas que durante más de cuarenta años he
pasado con clientes, compañeros y otros profesionales de distintos sectores que
guardan alguna relación con una entidad financiera.
He tenido la suerte de asistir al crecimiento
de las Cajas de Ahorros y espero haber aportado mi granito de arena. De lo que
estoy seguro es de no haber contribuido a su desaparición, que la historia
situará en el debe de unos gestores que ni quisieron ni supieron entender un
modelo de negocio basado en la orientación al cliente, poniendo el rumbo a una
rabiosa orientación al negocio, que ha derivado en la situación actual de la
banca en España.

He disfrutado de magníficos equipos en todas
las sucursales por las que pasé durante 17 años y también en los Servicios
Centrales, con distintas funciones, objetivos y proyectos. Recuerdo
especialmente a algunos compañeros y compañeras a quienes tuve la oportunidad
de dirigir y que han desarrollado una carrera profesional en la que les animo a
perseverar, convencido de que pueden llegar donde se propongan. Ha sido un
lujo.

En los 63 años que cumpliré dentro de un mes he
tratado de aprender lo que me ha enseñado la vida, mis padres, el colegio, la
universidad, el trabajo, el deporte (ser árbitro de fútbol durante 13 años me
enseñó a tomar decisiones y, sobre todo, a conocerme), la familia, en el doble
rol de esposo y padre, los amigos y, muy especialmente, los fracasos. No hay
mejor aprendizaje que el que nos proporcionan nuestros errores.
Como decía un compañero, ya jubilado, dejamos
el trabajo cuando para lo único que valemos es para trabajar. Quienes hemos
hecho deporte o desarrollado alguna actividad física sufrimos en nuestras
propias carnes y en nuestros propios huesos la decadencia de la materia, sobre
la que no me extenderé en detalles por todos conocidos. Sin embargo, quiero
pensar que conservamos una visión amplia y un criterio bastante sólido para
orientar a quienes pasan por situaciones que ya hemos vivido y que, en su momento,
tuvimos que gestionar con mayor o menor acierto.

Uno de los buenos jefes que tuve me calificó
como un hombre de acción, al que le estimulaban los cambios. No sé cómo voy a
llevar el pasar de la actividad frenética de estos 40 años, a formar parte de
las clases pasivas de este país. Por eso, agradeceré cualquier oportunidad que
me deis de ser útil, de aportar y, en definitiva, de servir porque, termino con
otra cita, ésta de Teresa de Calcuta: ‘El
que no vive para servir, no sirve para
vivir.’
No quiero despedirme con un punto final, sino
con un punto y aparte; y empezar a escribir un nuevo párrafo de mi vida, al que estáis invitados.
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