jueves, 13 de agosto de 2020

¿Apestado?

Desde que el Gobieno Vasco impuso el uso indiscriminado de la mascarilla para andar por la calle, restrinjo mis salidas a lo estrictamente necesario, no para evitar contagiarme del Covid-19, algo que, a mi modo de ver, sería casi tan milagroso como el misterio de la Purísima Concepción, sino para no ser -esa es mi percepción- objeto de escarnio y humillación, más allá de lo inevitable.

Esta mañana no tenía ningún compromiso para salir, aparte de comprar el pan. Por eso, he salido a correr a las 7:49, con el dinero justo para, a la vuelta, entrar en la panadería.

Sobre las 9:00 he terminado mi rodaje matutino y me he acercado a por el pan. La panadería es un local amplio, con una zona en la que había al menos media docena de personas desayunando. En la parte de la tienda, había una persona comprando. Aunque hay un cartel que dice que el aforo máximo será de tres personas, por aquello de que iba sin mascarilla, he esperado fuera a que saliera la señora que estaba dentro. 

La empleada me ha hecho un gesto para que entre y así lo he hecho, coincidiendo apenas unos diez segundos con la señora que estaba guardando los panes en una bolsa. Le he pedido una barra de pan y me he acercado al mostrador para entregarle las monedas justas. En ese momento, la misma empleada, con expresión de pánico, me ha pedido, en euskera, idioma en el que yo le había deseado los buenos días, que guarde la distancia de seguridad.

Añadiré que entre esa empleada y yo había una mampara transparente. Mi brazo extendido (lo acabo de comprobar) mide 75 centímetros. El de la empleada quizá sea más corto, pongamos 70. Si le tengo que pagar, la distancia máxima a la que podría estar serían 145 centímetros. No creo haberme acercado más, ni encuentro justificado el requerimiento de la empleada y menos el tono en el que lo ha formulado. He sentido que me trataba como si estuviera apestado.

No es un caso aislado. El martes, tuve que ir a Rentería a recoger un dispositivo electrónico. Llegué al local provisto de mascarilla, me limpié las manos con el hidrogel y me aproximé a la minúscula ventanilla que tienen dispuesta en el local para atender a los clientes. Nada más entrar en ese espacio, la empleada que me iba a atender, a gritos, me pidió que retrocediera. Me alargó una cajita de plástico para que dejara mi DNI, comprobó mi identidad, y en la misma cajita de plástico me entregó el dispositivo. Nada de 'buenos días', 'egun on', 'gracias', 'agur' o similar, fórmulas de mínima urbanidad que yo sí formulé pese a sentirme tratado, otra vez, como un apestado.

De siempre he sido muy escéptico respecto de la condición humana, que está sacando lo peor de sí en esta distopía en la que ya llevamos cinco meses... y lo que nos queda. Por eso, evito al máximo el contacto con 'la gente' y selecciono las personas con las que vale la pena relacionarse.

También estoy seleccionando y, a la vez, discriminando, los comercios, tiendas, empresas y servicios que me tratan como un cliente y los que me tratan como un apestado. Tomen buena nota, que yo ya lo estoy haciendo.

1 comentario:

  1. Hola, aquí sin mascarilla no se puede entrar a las tiendas. Se acabó lo de comprar el pan y los croissants cuando voy a correr.

    ResponderEliminar