
Volvemos a dar un salto en el tiempo y nos situamos en la madrugada del 13 de julio. Podemos seguir el hilo con estas tres entregas: Madrugada del 13 de julio, ¿Amenaza u oportunidad?, En casa y a salvo.
‘¿Estás decidida?’ Casi pudo sentir la mirada fija de Iñaki en aquella habitación a oscuras como un rayo láser que le atravesaba el cuerpo agredido y humillado. Afirmó con la cabeza y le preguntó: ‘¿Me acompañas?’.
‘Si te fías de un picapleitos que tiene
como clientes a tipos a los que ayuda a hacer trampas para no pagar impuestos…’
y dejó la frase en
suspenso, ante un asunto en el que se estaba involucrando personalmente, algo
que siempre evitaba en su actividad profesional.
‘Ahora mismo, solo me puedo fiar de ti. Ya
sé que esto no es lo tuyo y estoy segura de que me podrías recomendar a otro,
pero no lo soportaría. Ahora no. Te necesito, Iñaki. Me siento, sucia, torpe,
vulnerable, indefensa y no podría soportar que nadie más me viera así.’

Conocía a
Mikel Arizkun desde que con catorce o quince años apareció por el estadio de
Larrabide para hacer sus primeros pinitos en el atletismo. Mikel, que ya
ejercía como policía foral, era uno de los populares que entrenaba por allí,
ante la mirada displicente de los atletas de pista, que miraban por encima del
hombro a aquellos fonderos, que
empezaban a pulular como champiñones en las carreras populares.


Además de
corriendo, también habían coincidido alguna vez en el plano profesional, cada uno
en un lado de la mesa, en alguna investigación por delitos fiscales, pero nunca
en un tema penal, como una violación. Se le hizo un nudo en la garganta al
momento de pulsar su teléfono, que sonó solo una vez: ‘¿Iñaki? La misma parquedad y economía de siempre, ni una palabra
de más.
-¿Estás de servicio o te acabo de
despertar? Dos preguntas en una, como había aprendido a hacer en su oficio, para
suavizar el impacto.
-¿Qué más da? ¿Me necesitas de servicio o
me llamas para correr el encierro?
-Siento de verdad llamarte a estas horas,
Mikel, pero estoy en una situación muy jodida y necesito tu ayuda –hizo una pausa, esperando una reacción o
una réplica que no se produjo, que le obligó a continuar- Estoy en casa de una amiga a la que acaban de violar.
El gélido
silencio de Mikel le provocó un escalofrío. Fueron unos segundos que se le
hicieron eternos, hasta que escuchó otra vez aquella voz fría y profesional que
le pidió la dirección y le indicó que no tocaran nada. ‘Estoy en media hora’.
Recogió
los papeles dispersos encima de la mesa del comedor, apagó el ordenador, se
duchó, se afeitó, se vistió de sanferminero
para pasar desapercibido y le puso un whatsapp
a su mujer: ‘Me acaban de llamar por una
emergencia’.
El kilómetro
escaso que le separaba de su casa, en la Avenida de la Baja Navarra, al número
10 de la Avenida de Roncesvalles, lo recorrió en apenas ocho minutos. Desde
abajo, llamó a Iñaki, quien le informó que estaba en el cuarto piso y le abrió
el portal, que inspeccionó con atención. Se apreciaba el rastro de algo o
alguien que había sido arrastrado. Iluminando el suelo con el móvil, descubrió varios pelos de distinta longitud y restos de suciedad y de algún líquido
viscoso, ya casi completamente seco. Se puso unos guantes de latex y subió por
las escaleras, donde no apreció nada relevante.
Iñaki le
esperaba en la puerta y le hizo pasar adentro, antes de hacer las
presentaciones. Conocía de vista a su amiga y el nombre le confirmó esa primera
impresión. Pese al trance por el que acababa de pasar, estaba tranquila y
describió la violación con frialdad, sin omitir los detalles más escabrosos,
haciendo hincapié en que apenas había opuesto resistencia, y dando una
descripción muy precisa del tipo que la había agredido. Citó también a otro
joven que le acompañaba, que no había participado en la violación y había
desaparecido de la escena después de intentar disuadirle.


Ya en la
calle, vio como la pareja cogía el taxi e hizo una segunda llamada. Asier
estaba de guardia y su base estaba en la plaza de los Fueros. Mientras iba
andando hasta la plaza del Principe de Viana, le llamó: ‘Aupa, Asier. Recógeme ya en Principe de Viana y llévame a Sarriguren’
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