
Repasando el whatsapp, reparó en los que le había puesto Aiora y sintió el amago
de una erección. Antes de salir de casa, había metido el libro en la mochila.
No lo había abierto en el autobús por no despertar la curiosidad de sus
acompañantes y tampoco quería abrirlo en su mesa, por la misma razón: a su
alrededor había media docena de personas que podrían sentir la tentación de
fisgar si veían un libro con el título de Pacto
de Amor.
Aprovechando que Alberto Cortés -anda
que no le vacilaban con el nombre- estaba de permiso por su recién estrenada paternidad,
cogió la mochila, se metió en su despacho, cerró la puerta y sacó el libro.
Alberto era un maratoniano de cuarenta años, ingeniero veterano de CAF y su fan
número uno. Tenía varias marcas de maratón entre 2:35 y 2:40 y seguía
intentando romper esa barrera de las dos horas y treinta y cinco minutos. Fue
él quien le convenció para formar parte de primer equipo de CAF en la Carrera
de Empresas, que ganaron con facilidad. La bronca que le echó su entrenador, al
verle correr en mayo una carrera popular, no se le había olvidado todavía.
Por aquello de cubrirse, le puso
un whatsapp: ‘Aupa, Alberto ¿qué tal la tirada de hoy? ¿te ha dejado dormir la niña?
Estoy en tu despacho por una cuestión privada con mi agente. Si alguien me pregunta,
le diré que me has pedido que te lleve unos papeles.’
La respuesta llegó de inmediato: ‘Todo tuyo. He dormido como un tronco y
salgo a correr ahora mismo antes de que apriete el sol. ¿Corres en Madrid?
‘Luego te cuento. Eskerrik asko!’

La idea de ser seducido por una
casera tan atractiva como Aiora le excitó de verdad, pero el efecto desapareció
casi de inmediato al recordar el entrenamiento previo, que nada tenía que ver
con el sexo. Serían unas series agónicas de 400, 500 y 600 metros, que le
dejarían el ácido láctico por las nubes y la libido por los suelos.
En ese estado, le entró la
llamada de Agustín, mucho antes de las 10:00. Su reloj marcaba las 8:57.
- ¡Hola! Agustín ¿qué me cuentas?
- Buenos días, Mikel. Perdona que
me haya adelantado, pero es un asunto urgente. ¿Puedes hablar?
- Sí, sí, adelante.
- ¡Joder Agustín! ¿qué hay que
hacer? ¿En qué prueba?
- No corras tanto, chaval. Hay
alguien que podría facilitarte la participación y ese alguien quiere hablar contigo
cuanto antes.
- Dale mi teléfono y dile que me
llame.
Se hizo un breve, pero espeso
silencio, tras el que Agustín retomó la conversación.
- No puede ser por teléfono, tiene que ser en
persona. Quiere conocerte y hacerte la oferta… que tiene una contrapartida. ¿Recuerdas
el whatsapp?
Empezaba a incomodarle el cariz
que estaba tomando la conversación. ¿Cuál era el precio? Agustín se movía por
dinero. ¿Por qué y para qué tenía que intervenir una tercera persona? ¿A qué
tanto misterio? Correr en Birmingham o en Paris era un sueño. No
podía esperar más.
- Salgo de trabajar a las tres, estaré en casa a
las cuatro y tengo entrenamiento a las seis. Entre las cuatro y las seis ¿dónde
quedamos?
- Te llamo enseguida.
Dos minutos después, recibió la
llamada de Agustín: ‘En el hotel Astoria
a las 16:30. Espera en la zona de recepción. No me falles’ Y colgó.
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