
Acababa de cumplir 50 años y estaba en fase de asimilación al cambio
de una gran ciudad como Madrid a un pueblo como Miranda, donde le habían
acogido muy bien. Nunca había faltado por Navidades, ni por las fiestas
patronales de la Virgen de Altamira, que se celebran cada 12 de septiembre.

El paso al maratón de atletas
como ésos, le dejó un hueco, que aprovechó bien, y le permitió
profesionalizarse y sacar partido de los mejores años del atletismo español, hasta
que llegó la sanción por doping, que acabó con su carrera, con 33 años y sin
oficio ni beneficio.
De la mano de su representante,
que se había focalizado en el mercado africano, con atletas de Kenia, Uganda y
Somalia, empezó a gestionar a media docena de atletas españoles, y fue
creciendo hasta llegar a los casi cincuenta que representaba quince años
después. La cantidad no se correspondía con la calidad y a día de hoy a duras
penas sacaba con esos cincuenta atletas lo que ganaba al principio con diez. El
perfil de los atletas de su generación nada tenía que ver con los de ahora, que
contaban con muchos más medios y mejores instalaciones, pero mucho menos
sacrificados, más cómodos y más pendientes de su imagen que de entrenar hasta
la extenuación, como lo hacían treinta años atrás.

Seguía teniendo relación con
algunos exatletas y la había retomado con Enrique Uriarte, de su misma edad y abogado
mercantil con despacho en Bilbao, que le había dado acceso a algunos atletas
vascos, a los que había empezado a mover en el magro mercado del atletismo
español. También a través de Enrique había entrado en contacto con otros
mercados, menos expuestos a la luz y mucho más lucrativos. Como decía Enrique,
se trataba de ser un conseguidor

Sin embargo, ayer anoche le llamó
para ofrecerle algo muy distinto. Sabía que madrugaba para trabajar y le había
vuelto a llamar nada más levantarse, pero no le cogía el teléfono.
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