
No escuché ayer el discurso de Felipe VI, pero sí vi su imagen, tiesa y envarada, luciendo su magnífica planta, con impecable nudo de corbata. En los siete minutos que duró, mientras catorce millones de españoles lo seguían, yo, como, supongo millones de ciudadanos, salí al balcón con un cucharón y la tapa de una cazuela. Vivo en un sexto piso, mi balcón da al final de la calle San Martín y desde él pude ver a los vecinos del cuarto dándole a la cacerola. Son, creo, jóvenes estudiantes. Enfrente, vecinos conocidos y ya en la tercera edad, como yo, personas serias, cuyas identidades no desvelaré, se entregaban con entusiasmo a la misma tarea.
Esta mañana, he leído en la prensa el citado ¿discurso? y me ha dejado vacío. Quienes me leéis, os habréis percatado de que soy parco en el uso de los adjetivos y generoso con los datos. En este caso haré una excepción y, a falta de datos, os diré que, a mi modo de ver, fue una intervención intrascendente, irrelevante, que no aportó nada, carente de emoción, plana...

Antes de poner el título al post, he buscado sinónimos de discurso. En word (revisar) aparecen 27. el que mejor le encaja, a mi modo de ver, sería perorata.
Dicen que el discurso de Jorge VI lo escribió Winston Churchill. Es evidente que Felipe VI no cuenta con estadistas de ese nivel.
En fin, un discurso o una perorata que no pasará a la historia, de un rey que ¡ojalá! pase a la historia por ser el último que tenemos que padecer... y mantener.
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